domingo, 3 de mayo de 2009

El Campo Luminoso


Procedentes de Grecia habíamos llegado a Constantinopla un alegre y escogido grupo de turistas. Doce o más horas al día habíamos dedicado a subir y bajar por las escarpadas alturas de Pera, visitando lugares, encaramándonos en lo alto de los minaretes y abriéndonos camino entre jaurías hambrientas: los perros vagabundos, tradicionales dueños de las calles de Estambul. Se dice que la vida bohemia es contagiosa, y que ninguna civilización ha alcanzado a destruir el encanto de la libertad omnímoda una vez que se han gustado sus dulzuras. El gitano no puede vivir sin su tienda portátil, que es su carro, ya veces el viaje a pie es para él una segunda naturaleza, una fascinación irresistible de su nómada y precaria existencia. Mi principal cuidado, por tanto, desde que entré en Constantinopla, fue el de evitar que mi perdiguero Ralph cayese también víctima de tamaño contagio viniendo en ganas de unirse alegremente a los beduinos de su canina raza que infestaban las calles de la ciudad.
Aquel hermoso camarada de mi perro era mi más fiel y constante amigo, y temeroso de perderle, le vigilaba en sus menores impulsos; pero el pobre animal se portó durante los tres primeros días como un cuadrúpedo medianamente educado. A las imprudentes acometidas de sus congéneres mahometanos, su única respuesta era la de meter el rabo entre piernas, bajar humildemente las orejas y buscar acobardado la protección de cualquiera de nosotros. Viéndole, pues, tan refractario a las malas compañías empecé a confiarme en su discreción y disminuyendo mi vigilancia, pero de allí a poco tuve que lamentar el haber puesto una excesiva confianza en mala parte. En un momento de descuido, unas sirenas de cuatro patas le sedujeron traidoras, y lo único que de él vi fue la punta de su gallardo rabo desapareciendo en sucia y tortuosa callejuela.
Inútiles resultaron después las pesquisas practicadas para dar con el paradero final de mi mudo compañero. Ofrecí veinte, treinta, cuarenta francos a quien le hallase y me te trajese. En un momento se puso en su busca una legión de malteses más vagabundos que los mismos perros, y que asaltaron nuestro hotel trayendo sendos perros sarnosos en sus brazos, perros que pretendían hacer pasar por mi fiel amigo. Mientras más me resistía yo a semejante matute, más porfiaban ellos, y uno de aquellos miserables, cayendo de rodillas y sacando del pecho una antigua y corroída medalla de la Virgen, llegó hasta a jurarme que la misma Reina del Cielo se le había aparecido para indicarle cuál era el verdadero animal. Un momento hasta me temí que la súbita desaparición de Ralph determinase un curioso motín, como acaso habría ocurrido si nuestro patrón no hiciese venir a una pareja de kavasses o policías que se encargaron de aventar corteses a aquella turba de bípedos y de cuadrúpedos.
Sospeché entonces que ya no volvería a ver más a mi perrito, y aun acabé por perder toda esperanza, cuando el conserje del hotel –un honorable ex salteador de caminos, hombre que no habría pasado menos de media docena de años como penado en las galeras –me aseguró solemnemente que todas mis pesquisas serían inútiles, pues mi perdiguero habría sido muerto y devorado por sus congéneres, dado que los perros turcos vagabundos encuentran muy de su gusto las carnes de sus sabrosos hermanos los perritos de Inglaterra.
La anterior escena había ocurrido en plena calle, a la puerta del hotel, y ya iba a retornar a mis habitaciones, cuando una anciana griega, que me había estado oyendo desde el umbral de una casa cerrada, dijo a mi acompañante Miss H… que, si queríamos, podía interrogarse sobre el caso a los derviches.
–¿Y qué pueden saber esas gentes acerca del paradero de mi can? Les respondí con ironía.
–Los hombres santos lo saben todo, para ellos no hay secretos– objetó misteriosamente la anciana. –La semana pasada me robaron un abrigo nuevo que mi hijo me trajo de Brusa y, como veis, lo recobré y lo tengo puesto.
–Pero, entonces, los santos hombres os le han transformado también de nuevo en viejo –añadió uno de los de la partida señalando a un gran jirón preso con alfileres que mostraba el abrigo en la espalda.
–Esta es, precisamente, la parte más grave de mi historia –contesté la vieja con
aplomo; –porque, habéis de saber que ellos me mostraron en el espejo mágico el barrio, la casa y hasta la habitación donde el judío que me le robase estaba en aquel instante haciéndole pedazos. Mi hijo y yo volamos al punto al barrio de Kalindijkulosek donde atrapamos al ladrón en plena faena, al mismo ladrón que habíamos visto en el espejo y que, convicto y confeso, pronto fue metido en la cárcel.
Aunque ninguno de los de la partida sabíamos qué podría ser aquello del espejo mágico de los derviches, resolvimos ir a ver a uno de éstos al otro día. En efecto, apenas los muecines, con monótono vocear, habían cantado desde los altos minaretes la hora del mediodía, descendimos desde la colina de Pera hasta el puerto de Gálata, abriéndonos paso a codazos por entre los abigarrados concurrentes al mercado. Aquella Babel de cien lenguas; aquella ensordecedora algarabía nos levantaba dolor de cabeza.
Por otra parte, allí no hay medio de orientarse ni de buscar las calles por sus nombres ni las casas por su número, y hay que confiar en Alab y en su profeta, cuando no en las vagas indicaciones de la proximidad del punto que se busca a tal edificio o mezquita.
A costa, pues, de mil rodeos y pesquisas, acabamos por encontrar el barrio donde se vendían cosas inglesas, detrás del cual se encontraba el sitio al que nos dirigíamos.
Aunque el guía de nuestro hotel no sabía tampoco el retiro de los “santos hombres”, un chicuelo griego, en toda la sencillez del desnudo más nativo, consintió, mediante una moneducha de cobre, en llevarnos a la presencia de uno de aquellos adivinos.
Penetramos en un sombrío salón, que más bien parecía establo abandonado. El piso, largo y estrecho, estaba cubierto de arena, y sólo recibía luz por pequeñas ventanas allá arriba. Los derviches, terminados sus ritos matinales, descansaban, sin duda, unos tendidos cuan largos eran, otros recostados, y en pie, con extraviada mirada meditando, nos dijeron, acerca de la Deidad invisible. Todos ellos parecían de inerte mármol, sin responder a nuestras preguntas. Nuestra perplejidad acabó pronto, sin embargo, cuando uno de ellos, seco y alto, con una puntiaguda gorra que le hacía parecer mucho más alto aún, surgió no sé de dónde, diciéndonos que él era el superior de aquella comunidad de santos, añadiendo que no nos habían respondido porque cuando, mediante la oración, se ponen en comunicación con Alah, no se les puede interrumpir por motivo alguno.
Nuestro intérprete explicó al viejo que nuestra visita sólo a él se dirigía, puesto que él era el depositario de la varilla adivinatoria. Al punto nos extendió la mano en demanda de la previa limosna. Luego que se hubo guardado ésta, se negó a practicar ceremonia alguna para la averiguación del paradero del perro más que ante dos miembros solamente de nuestra comitiva, que fueron Miss H… y mi persona.
Ambos penetramos seguidamente tras el derviche a lo largo de un corredor semisubterráneo; subimos por una escalera portátil a una pieza artesonada, y de ella hasta un miserable desván, lleno de polvo y de telarañas. Allí vimos en un rincón un bulto, que yo creí era un montón corno de trapos viejos y que se movió poniéndose en pie. Era la criatura más deforme y astrosa que en mi vida he visto. Una mujer–niña; una enana hidrocéfala e imponente, con unos hombros de granadero, y por piernas dos patitas de araña, piernas arqueadas que apenas si podían soportar la desproporción de la feísima mole de su cuerpo. Su cara, burlona y agresiva como la de un sátiro, mostraba una media luna roja pintada sobre su frente; su cabeza se escondía bajo un mugriento turbante; sus piernas ostentaban grandes bombachos turcos; una sucia muselina envolvía su cuerpo, alcanzando apenas a cubrir las deformidades de sus carnes, llenas de tatuajes, signos y letras árabes.
La espantosa criatura se desplomó más que se sentó en medio de la pieza, levantando una molesta nube de polvo; ¡era la famosa Tatmos, el oráculo de Damasco, al decir de las gentes! Al punto el derviche trazó con tiza en torno de la muchacha un círculo de unos tres pies de radio; sacó, no sé de dónde, doce lamparitas de cobre, que llenó del contenido negruzco de una botella que ocultaba en su pecho y las colocó sin simetría en torno de la víctima; de un entrepaño de la desvencijada puerta arrancó una astilla y, cogiéndola entre el pulgar y el índice, empezó a soplarla a intervalos regulares, mascullando al par oraciones, fórmulas como de encantamiento, hasta que de pronto, y sin causa ostensible, brotó una chispa de la astilla que comenzó a arder corno una seca pajuela.
Con aquel fuego, tan extrañamente obtenido, comenzó a encender las doce lámparas del círculo. Tatmos la adivina, que hasta entonces había yacido inerte, se quitó rápidamente los bombachos y los arrojó al rincón, dejándonos al descubierto con sus monstruosos pies, la belleza adicional de un sexto dedo. El derviche, por su parte, entró en el círculo, y, cogiéndola por los tobillos, la alzó cual un saco de patatas, poniéndola bonitamente cabeza abajo, balanceándola en esta posición como un péndulo, y acabando por hacerla girar en el aire del más extraño modo.
Mi compañera, Miss H…, aterrada ante el estupendo caso que tenla a la vista, huyó a refugiarse en el ángulo más apartado, mientras que la enana, bajo el impulso del derviche, acabó por adquirir un movimiento rotatorio, como el de una peonza, durante dos minutos, hasta que fue disminuyendo y cesó por completo.
La infeliz enana, así mesmerizada, parecía sumida en un estado como de catalepsia, con su barba sobre el pecho, y espantosa sobre toda ponderación. El derviche luego cerró cuidadosamente la única ventana del recinto y habríamos quedado a obscuras a no ser por un agujero de la misma, por donde penetraba un rayo de sol, que venia a caer exactamente sobre la muchacha. Nos impuso silencio con ademán solemne, cruzó los brazos sobre el pecho, y, fijando su mirada en el punto brillante que caía sobre la cabeza de Tatmos, quedó tan inmóvil como ella, mientras yo me deshacía en cábalas pretendiendo averiguar qué relación podrían tener tamañas extravagancias con la averiguación del paradero de mi Ralph.
El disco brillante que demarcaba el rayo de sol se fue convirtiendo, no sé cómo, en una estrella brillante. Por inexplicable fenómeno de óptica, la estancia que antes había estado pobremente iluminada por aquel rayito de luz, se fue obscureciendo más y más a medida que aumentaba en brillantez la estrella, hasta que nos vimos envueltos en una obscuridad verdaderamente cimeriana, mientras que la estrella titilaba y giraba lentamente al principio; luego, con vertiginosa rapidez, creciendo hasta envolver a la enana como en un océano luminoso. Finalmente, la estrella decreció en su giro, al par que se iba apagando con los suaves destellos de la luna en el agua, iluminando sin penumbras el círculo y dejando el resto en absoluta obscuridad.
Llegado así el supremo momento, el derviche, sin pronunciar palabra, alargó la mano, con la que me cogió la mía, señalándome el círculo luminoso. Por todo su ámbito vimos como formarse y condensarse flóculos blanquecinos de plateado brillo lunar, los cuales constituyeron bien pronto informes figuras cambiantes, al modo de reflexiones astrales en un espejo. Pronto, con asombro por mi parte, y con la consternación de mi amiga, se nos presentó, en el panorama así formado, el puente principal, que une a la antigua con la nueva ciudad, atravesando el Cuerno de Oro desde Gálata a Estambul. Vimos deslizarse por el Bósforo los alegres caiques; el hormiguear de la ciudad; las quintas; los palacios y demás edificios encarnados, reflejándose fantásticos en las aguas iluminadas por el sol del mediodía y desfilando mágicamente, hasta el punto de que no podíamos discernir si era todo aquello lo que se movía o nos movíamos simplemente nosotros. Lo más extraño del caso era que, no obstante toda aquella agitada vida que se mostraba a nuestra vista, no se escuchaba el menor ruido, sino que se desarrollaba en el silencio angustioso de un ensueño singular… Las calles iban sucediéndose unas a otras en raudo desfilar nuestro o suyo. Ora pasaba una tienda de estrecha callejuela; ora un café turco lleno de fumadores de opio en el momento en que uno de éstos vertía inadvertido el café y el narghilé sobre su vecino, recibiendo de él una sarta de injurias. De visión en visión llegamos as¡ ante un gran edificio, en el que reconocí el palacio del Ministerio de Hacienda, y allí, ¡oh, dolor! en los fosos traseros del mismo, moribundo y lleno de fango su sedoso pelo, yacía mi pobre perro Ralph, rodeado de otros perros de pésima catadura, que se entretenían en cazar moscas a la sombra…
Sabía ya, pues, cuanto deseaba, aunque no había dicho ni una palabra acerca del perro al derviche. impaciente por comprobar lo de mi perro traté de salir, pero, desaparecida ya la escena, Miss H… se colocó a su vez al lado del derviche, murmurando en su oído no sé qué palabras con ese tono ardiente y apasionado con que suelen las jóvenes enamoradas hablar del adorado él.
–Pensaré en él –dijo.
No bien formulado casi mentalmente el deseo que tales palabras entrañaban, cuando se nos presentó una gran planicie de arena, en cuyo fondo se veía el azulado mar bajo los rayos del sol y un gran vapor surcando las aguas a lo largo de la costa, seguido de blanca estela. La cubierta hormigueaba de pasajeros, y entre ellos resaltaba, apoyado contra la barandilla de popa, un apuesto joven… ¡Era él!
Miss H… suspiró, se sonrió y sonrojó alternativamente con la natural emoción. Después concentró de nuevo su pensamiento, y he aquí ya que al par el barco se aleja y desaparece. El espejo mágico queda unos momentos sin panorama. Mas bien pronto otras manchas luminosas aparecen en su faz, que componen al fin el ámbito de una biblioteca con alfombra y cortinones verdes. Ante un montón de libros y sentado en una frailera, está escribiendo un anciano a la luz de la lámpara. Su cabello es gris y está peinado hacia atrás; su cara toda afeitada y respirando benevolencia…
El derviche hizo entonces un pequeño movimiento con la mano, imponiéndonos silencio. La luz del mágico campo palideció y de nuevo que damos sin ver imagen ninguna. De allí a poco tornó a mostrársenos Constantinopla, y con ella nuestra habitación del hotel con sus libros y periódicos sobre la mesa; el sombrero de viaje de mi amiga colgado en la percha, y sobre su cama el vestido que se había quitado aquella mañana para venir. Los detalles más reales completaban el cuadro, y para mayor maravilla vimos sobre la mesa dos cartas sin abrir, recién traídas por el correo y cuya letra de los sobres al punto fue reconocida por mi amiga. Eran ambas de un pariente suyo muy querido, por cuyo silencio se sentía inquieta hacía días.
Nuevo cambio de la mágica escena, y henos ya como en el cuarto ocupado por el hermano de Miss H…, quien yacía echado hacia atrás en un sillón, mientras que un criado le ponía paños en la cabeza, de la que con horror vimos que salía sangre. No acertábamos a explicarnos aquello, habiéndole dejado hacía una hora y en perfecta salud. Miss H… lanzó un grito, y cogiéndome presurosa por la mano se lanzó hacia la puerta. Llegamos presurosos a casa, pudiendo comprobar, en efecto, que el joven hermano de Miss H… acababa de caerse por la escalera, produciéndose una herida de escasa importancia; que sobre la mesa de nuestro gabinete esperaban, recién traídas, dos cartas dirigidas a Miss H… por un pariente desde Atenas. No me faltó más para comprobar en un todo nuestras visiones de el campo luminoso del espejo mágico del derviche, sino tomar un carruaje, dirigirnos hacia el Ministerio de Hacienda, en cuyo foso, tal y como tuviese la desdicha de verle en aquel espejo, estropeado, famélico, pero aún con vida, yacía mi hermoso perdiguero, rodeado de otros perros de mal aspecto que cazaban moscas…
Cuento publicado en "Narraciones ocultistas y cuentos macabros" de H.P. Blavatsky

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